Broadcasting Paradizábal

Portada Revista Paradizábal
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    AYER SE INAUGURÓ UNA POTENTE ESTACIÓN

    En los altos del edificio del hotel Florida se inauguró ayer a las 6 de la tarde la estación radiotelefónica más poderosa de las instaladas hasta ahora en la América del Sur.

    Invitados por su propietario, el señor Sebastián Paradizábal, asistimos al interesante acto, el que fue presenciado por una concurrencia numerosa.

    Como decíamos, la estación de radiotelefonía del señor Paradizábal se levanta en los altos del hotel Florida y ha sido instalada por la General Electric.

    Se trata, pues, de una gran estación, munida de los adelantos más recientes en esta nueva rama científica.

    La estación trabaja con un motor de 6-5 H.P. acoplado directamente a un generador de corriente continua a dos mil volts. También está acoplado a dicho motor un alternador a 88 volts y 35 cyclos.

    La energía para el funcionamiento de la estación la suministran combinadamente las máquinas mencionadas.




    La estación está equipada con cuatro válvulas de 250 watts cada una. Una quinta válvula amplifica la voz recibida de los micrófonos.

    La antena está situada a 70 metros sobre el nivel del mar, en un plano libre de todo cruce de hilos telefónicos, en forma de jaula, montada sobre dos torres metálicas.

    Como la mencionada estación es a la vez receptora, ayer se pudo oír a la de Buenos Aires, instalada en la General Electric que le enviaba sus felicitaciones y augurios.

    Montevideo cuenta, pues, como ya dijimos, con la estación trasmisora radiotelefónica más potente de Sud América. Lo prueba el hecho de haberse oído de Tucumán, que dista de Montevideo 1.680 kilómetros, y que de toda la provincia de Buenos Aires la oyen con más potencia que a la estación de Buenos Aires, a pesar de su gran distancia.

    En nuestro territorio fue oída desde Paso de los Toros, usando una estación con receptor de cristal.

    Fue oída también a 600 kilómetros de distancia, usando sólo una válvula.

    Su gran alcance puede mejorarse en mucho, en cuanto la Estación del Cerrito permita trabajar con onda mayor de 320 metros.

    En la estación Paradizábal se desarrollarán todos los días y a horas determinadas, selectos programas culturales e instructivos, conciertos, conferencias, etc, como asimismo un amplio programa informativo para las ciudades del interior.

    Después de visitar las instalaciones de la estación la concurrencia fue obsequiada con un exquisito lunch.
("El Plata", 7 de noviembre 1922)

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    "El estudio esta instalado en los altos del Hotel Florida, luego de un fallido intento de instalarlo en el Cine Apolo.

    Para llegar a la radio, se tomo el ascensor, y al final hay que treparse a una escalera, para arribar a la azotea. La estación funciona con un motor de 6,5 HP, acoplado directamente a un generador de corriente continua de 2,000 voltios.

    El motor lleva un alternador de 88 voltios y 35 ciclos. La estación está equipada con 4 válvulas de 250 watts cada una, en tanto una quinta amplifica la voz recibida. La antena está colocada a 70 metros de altura, sobre el nivel del mar, en un plano libre de todo cruce de hilos telefónicos. Es, al momento, la estación más poderosa de América del Sur".
("El Diario", 6 de noviembre de 1922)

    "Ayer, a las 5 pm, fue inaugurada la nueva Estación Paradizabal, instalada por la General Electric y propiedad del señor Santiago Paradizabal. Se trata de una estación de primer orden y con todos los elementos de esa novel rama de la ciencia"
(La Mañana, 7 de noviembre de 1922)

    -Verás... Un auto me dejó en las puertas del hotel Florida. Ya en el ascensor, el empleado me hizo una pregunta:

    Palacio Hotel Florida
    Palacio Hotel Florida
    —¿Tiene usted tarjeta para visitar los estudios?, y enseñé la pequeña cartulina.

    —Está bien, señor, me dijo.

    Al pasar por la rejilla de los pisos altos, el ascensor hacía un ruidito seco y simpático. Con un breve chillido metálico se abrieron las puertas de la jaula.

    Desemboqué en un amplio patio sobre el que se volcaban innúmeras habitaciones. Plantas y juegos de vestíbulo de delgado mimbre. Alfombras. Una señora escribía una carta sobre una mesa. Miré a todas partes.

    —Pero... insinué, desorientado.

    —Por aquí, señor —indicó, solícito, el ascensorista,

    —Gracias —respondíle.

    Trepé por una escalenta; atravesé un rellano; en lo hondo del rellano distinguí, en la penumbra, una cantidad de cosas amontonadas; otra escalera se recostaba contra el muro opuesto. La salvé en dos saltos. El aire glacial de la tarde me golpeó con furia el rostro. Estaba en la azotea del hotel. Detrás mío se alzaba, orgulloso, uno de los soportes metálicos de la antena…

    Abajo, en calles y ventanas titilaban, dispersas, infinidad de lucecitas. El edificio del Jockey Club alzaba su mole esquelética por sobre un mar de casas. Divisé el teatro Zabala. Un tanque de agua me ocultó a la vista la avenida 18 de Julio. La antena de la casa Paradizábal, en Andes y Colonia, prendía, a intervalos, una estrella que se deshilachaba en largos y delgados rayos. Caminé hacia la izquierda. Una puerta me dio acceso a un corredor angosto y corto; al fondo del corredor, tras una puerta hermética, sonaba un "foxtrot". Esperé. Prendí un cigarrillo. La tarde moría en el cielo. Las cúpulas resaltaban por sobre el macizo informe de la edificación, y en un postrer destello apagáronse los reflejos áureos de las claraboyas agazapadas sobre las azoteas vecinas.

    Calló la música. Entonces, con los nudillos, di dos golpecitos discretos en la puerta y empujé un poco. La puerta cedió con un débil quejido. Un cortinado espeso, rojo, cubría el muro que iba apareciendo por la hendidura de la puerta. Una luz grata me dio en los ojos. Dos caras me miraron asombradas. Entré. Un piano enorme, una victrola, varios hombres con instrumentos de música, dos señoras sentadas, una mesilla, un teléfono sin auricular, un micrófono sostenido por dos espirales casi invisibles de alambre de cobre. Y todo acolchado, suelo, paredes, techo. La luz lucía medio semiescondida por un repliegue del tapiz rojo.

    La pequeña, nerviosa, simpática figura de Viapiana salió a mi encuentro. Nos chocamos las manos. Entonces yo di un recio “Buenas tardes” que todos contestaron con un eco. Viapiana se llevó un dedo a los labios y me largó dos chistidos al tiempo que, con un gesto, me señalaba los micrófonos. Comprendí mi indiscreción y sonreí.

    Viapiana hízome señas para que le aguardara. Fuese hasta el trasmisor que estaba sobre la mesita y, con voz clara, pausada, tranquila, trasparente, comenzó a decir:

      —Trasmite la Radio Paradizábal. Montevideo. Número cinco. Cuplet de "La Montería", cantado por la soprano señora Isabel Uría.

    Y, luego de apretar un timbre que no oí sonar, hízome señas invitándome a pasar al otro aposento. Atravesé la mullida habitación y penetré por una puerta acolchada a la contigua. Zumbidos, golpes secos, rasgueos, moscardoneo de dínamos, timbres, zumbidos…

    Mientras Viapiana me hacía las preguntas del saludo, un altoparlante comenzó a cantar con inusitada fuerza y claridad el popularísimo couplet “La Montería”.

    Charlamos unos instantes. En eso, calló la música. Viapiana, por la puertita, desapareció de mi lado. Un mozo, silenciosamente inclinado sobre una mesita llena de alambres, cargada de botones, repleta de especies de relojes, enchufó y desenchufó luego. Se hizo un ruidito en el altoparlante. Enseguida una voz recia llenó el reducido aposento:

      —Trasmite la Radio Paradizábal, Montevideo. Avisamos a todos nuestros oyentes que esta noche, a la hora 21, trasmitiremos la revista en dos actos y 18 cuadros “París qui Jazz”, que representará en el teatro Urquiza la compañía de León Volterra, del Casino de París. Número seis, “La danza de las horas”, de la ópera “Gioconda”, ejecutada por la orquesta Radiozábal. Trasmite la Radio Paradizábal, Montevideo.

    Calló la voz. Entró una señora y se aposentó cerca mío. Enseguida entró Viapiana. Tornamos a charlar. En el trasmisor brillaban las lámparas. La música sonaba en el altoparlante. El mozo seguía absorto ante los botones, los alambres, los relojes de la mesita. Por el recuadro de un vidrio divisaba parte de la bahía. En lo hondo, como una enorme silueta azul, el Cerro destacaba su mole; más acá, sobre la tersura de las aguas azuladas, bajo un cielo rosa y violeta, caminaban despacio unos barcos diminutos que iban dejando* una manchita de humo en el aire transparente.

    Y una profusión de luces prendíanse y apagábanse a intervalos por sí mismas.

    Calló la orquesta. Me despedí. Y, cuando iba descendiendo la escalenta, oí la voz de Viapiana cantando "El rey del cabaret". Hacía un frío terrible.

    Alfredo Mario Ferreiro
    Alfredo Mario Ferreiro
    Atravesé de un salto la vereda y me acurruqué en el asiento mullido del auto. Arrancó éste con un silbido poderoso. Cuando doblamos la esquina, las torres de la antena se me aparecieron como arañando el cielo. Y yo pensé que estas torres son el más alto escalón logrado por el hombre en su marcha de progreso, y me figuraba a miles y miles de hombres —diseminados por toda América— oyendo al unísono a esta estación trasmisora que yo acababa de visitar con la rapidez de un bólido.

    A.M.F.
(Alfredo Mario Ferreiro, "Revista Radiotelefónica")