Radio y fútbol: Campeonato Sudamericano

(De Silencio, estamos en el aire de Ruben Castillo)
    Don Juan Andrés Ramírez, periodista prestigioso y forjador de jóvenes periodistas revisaba cuanto artículo iba a publicar "El Plata". Pagaba -cuando nacía la radio- un peso por nota; si la calificación de puño y letra era "bien", un peso cincuenta y si llegaba a poner "excelente", ¡dos pesos!

    El 2 de octubre del 22 comenta "El Plata" en primera página a dos columnas: "No es posible determinar ni siquiera aproximadamente hasta dónde ha de llegar el interés y el entusiasmo que despierta este campeonato de "football" (se refiere al quinto campeonato sudamericano, jugado en Río de Janeiro, en el marco de los juegos atléticos latinoamericanos) cuyo resultado aparece ahora complicado e impredecible en grado extremo (Uruguay empató el primer puesto con Paraguay y Brasil y no se presentó a jugar los desempates "por culpa de los malos jueces" que hasta ahora lo habían perjudicado. En definitiva triunfó Brasil).

    ¿Pero qué había pasado el día anterior, el 1° de octubre, día del famoso partido entre Uruguay y Brasil?

    La gente -comenta "El Plata"- había llenado el propileo, el espacio abierto delante del teatro Solís y era tanta la expectativa que se colma también la Plaza Independencia y varias calles adyacentes. ¿A qué se debía tanto alboroto?

    A que en la azotea de "El Plata" se instala un receptor de radiotelefonía. El citado diario estaba en la parte izquierda que hoy ocupa un museo. La trasmisión radiotelegráfica viene desde Río de Janeiro, justamente en la quinta jornada del campeonato de "football". De las noticias que arribaban (muchas no podían ser por radiotelegrafía -una frase cada tanto-) se hacían dos copias, una para ser trasmitida por radio, seguramente a través de aquel trasmisor pequeñísimo y volante General Electric para los pocos privilegiados con receptores y otra copia para el público reunido en el propileo con quien se comunicaban "a megáfono limpio". Ahora, si eran tantos, ¿cómo diablos se podía escuchar?

    "La nerviosidad -sigue "El Plata"- alcanzó grados verdaderamente intolerables y era su manifestación tan viva e imponente que cuando el megáfono de Enrique García enteraba a la multitud de cualquier incidencia del partido que pudiera adelantar la esperanza de una victoria, sonaba abajo un rumor sordo como el de una marea avasalladora que amenaza tragarse cuanto hubiese a su alcance". A este notero don Juan Andrés le pagó dos pesos por la "imaginación" o le hizo colgar los tarros para siempre `de puro exagerado". La verdad es que las fotos muestran muchísima gente. Enrique García trabajaba con el megáfono y don Claudio Sapelli -20 años tenía entonces- lo hacía con el micrófono- bocina, de una trasmisión radial insólita. Este último dato es discutido y la crónica de "El Plata" no lo precisa.

    "No cerraremos esta nota -dice el vespertino- sin dejar constancia de que la información trasmitida desde nuestra casa al Hipódromo de Marañas por medio del aparato radiotelefónico de la General Electric S.A. no pudo darse al público (General Electric trasmitía desde "El Plata", un receptor recibía en Maroñas y otra persona con megáfono la hacía conocer al público. Valga repetir que entonces no había altoparlante de cono y que los receptores eran personales, del tipo auriculares) no pudo darse al público por el megáfono merced a una nerviosidad repentina de los caballos que se trasmitió repentina-mente a los señores comisarios. Estos velando por el bienestar de los cuadrúpedos prohibieron que se usara el megáfono ...

    He aquí pues -termina "El Plata"- como trascurrió la última y más memorable jornada "footballistica” del presente campeonato. (Esto sucedía el 1° de octubre de 1922, quince meses después de la pelea Dempsey-Carpentier, la primera trasmisión deportiva del mundo. La segunda es ésta, la de Uruguay).
Y en lo deportivo, ¿cómo fue aquel Campeonato Sudamericano?

A decir de don Atilio Garrido: "Nacían en la Copa América de 1922, dos cosas. El descaro de Brasil para acomodar los partidos recurriendo a la burda maniobra de cruzar árbitros, y la definición de Campeones morales" en este caso para Uruguay.

Garrido resume aquel escandaloso torneo en estos términos:

    "Los partidos se disputaron en el, entonces moderno estadio de Fulmínense en Laranjeiras, al lado del Palacio Catete, hermosa mansión parecida a las de nuestro Prado, donde vivía el Presidente de la República, en tiempos en que Río de Janeiro era la capital del Brasil y por lo tanto la sede del gobierno. El 17 de setiembre de 1922 arrancó el torneo con el sorpresivo empate de Brasil y Chile 1:1. Cinco días después Uruguay ganó con toda comodidad a los chilenos 2:0.

    Brasil siguió a los tumbos. Empató con Paraguay 1:1 y luego con Uruguay 0:0, en tanto que Argentina y Paraguay vencieron a Chile 4:0 y 3:0 respectivamente, mientras que los celestes, con gol de Buffoni, derrotaron a Argentina en el clásico rioplatense.

    El calendario marcaba para el 12 de octubre de 1922, el último partido de Uruguay en el torneo, enfrentando a Paraguay. La tabla de posiciones hasta ese momento era clara. Primero Uruguay con tres partidos y 5 puntos; segundos Brasil y Paraguay, también con tres partidos y 3 puntos; cuatro Argentina con dos partidos y 2 puntos y último Chile, ya finalizada su actuación, con un solo punto.

    Uruguay perdió ante Paraguay "porque así lo quiso un señor que se llamaba Santos -escribió "Fútbol Actualidad" casi 30 años después-que era de nacionalidad brasileña y que fue juez. Ese señor Santos quedará en la historia como una mala persona, nos anuló dos goles y nos perjudicó toda la tarde".


    Claro que este robo en perjuicio de Uruguay constituyó el primer acto del gran hurto, porque a raíz de los dos empates iniciales de Brasil, para que el local pudiera mantenerse con vida, tres días después los brasileños tenían que vencer a los albicelestes y esto no era nada fácil. ¿Qué ocurrió? Apareció un juez paraguayo de nombre Andreu que inventó un penal para el primer gol de Brasil ante Argentina. Fue tan grande el robo que el golero Américo Tesorieri se cruzó de brazos contra un palo cuando el brasileño Amílcar ejecutó el penal...

    Al último encuentro que debían disputar Paraguay y Argentina el 18 de octubre, se llegó con los guaraníes y brasileños empatados en la primera posición con 5 puntos, con la diferencia que Brasil ya había cumplido con el calendario por lo que, con empatar ante los albicelestes, ahora era Paraguay quien se consagraba Campeón. ¿Qué juez había que poner para asegurarse que esto no ocurriera? ¡Claro, un brasileño! Esta vez se llamó Enrique Vignal y fue tan descarado su arbitraje que cuando cobró un penal inexistente a favor de Argentina, los paraguayos se retiraron de la cancha a los 71 minutos.

    Con estas tres trampas seguidas, al término del Campeonato Sudamericano el primer lugar lo igualaban Uruguay, Brasil y Paraguay con 5 puntos. El reglamento determinaba que tenía que disputarse un triangular final, pero era evidente que todo estaba arreglado para que Brasil lograra el título. Frente a estos escandalosos arbitrajes, los dirigentes uruguayos retiraron el equipo de la competencia negándose a jugar los desempates y retornaron a Montevideo.

    Al retornar al puerto de Montevideo, el equipo uruguayo fue recibido por una multitud que los aclamó como Campeones. La Asociación Uruguaya de Fútbol, en ceremonia oficial efectuada el 9 de enero de 1923 entregó medallas de oro a los integrantes del plantel celeste, expresándose en el discurso de Álvaro Saralegui -político de fuste, dirigente y árbitro de nota ya evocado en notas anteriores-- que las mismas quedaban en manos de quienes "eran los que debieron ser los Campeones de 1922 y que han obtenido el mérito de la victoria moral, infinitamente más valiosa y alta que todos los trofeos materiales".