1922: Historia de la radio en Uruguay


    Allá por mil novecientos veintitantos, una pasión irrefrenable se apoderó de los montevideanos: oir… Todo el mundo quedó con la boca abierta cuando, con sólo ajustarse un par de auriculares, podía captar sonidos que del modo más misterioso vagaban por lo aires, y eso que algunos provenían de latitudes lejanas. Tal como volvería a ocurrir treinta años más tarde, las azoteas montevideanas se erizaron de antenas: de hierro, de palo, de alambre. “Va siendo rara la casa que no haya ofrendado al furor de las antenas la integridad de un par de baldosas, allá en los altos, entre las cuales un radiónamo cumplido ha plantado con mano segura un rígido vástago de acero o de madera, que servirá a su estación receptora…”


      Aquellos primitivos artefactos ostentaban un amable estilo casero, pues los aficionados, para armarlos, se valían hasta de latas de duraznos, palos de escoba, alambres ferrugientos, que habían encontrado por ahí… Anticipando lo ocurrido después con la televisión, desde el primer momento comenzaron las quejas contra el nuevo invento que venía a perturbar los diálogos familiares, porque ahora todos vivían pendientes del dichoso aparatito, para no perderse nada de la emisión mágica: “Antes las familias, después de la cena, circundaban el piano o invadían el teatro o el cine. Ahora, después del yantar, se agrupan todos alrededor de la estación receptora, y en medio del profundo silencio se deleitan oyendo resonar, en las sensibles membranas  de los auditores, las más lejanas transmisiones que puedan recogerse con sólo mover una fracción de grado la insignificante ruedecilla del sintonizador…”

    Milton Schinca, “Boulevard Sarandí”, Tomo 4, “Todo Montevideo se pone auriculares”)